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OCTUBRE Uno de los peores ripios de Machado decía: "La primavera ha venido, nadie sabe como ha sido". Ahora estaba yo pensando, se acaba el verano, llega el otoño, ¿cómo lo parearía Machado? Hay muchos síntomas que nos despiertan de cualquier ilusión acerca de la deseable prórroga del verano. Los días son ya más cortos, el sol se pone antes. Ya no puedes ir tan tranquilo en manga corta. Huele a lápices y papel. Todavía hay quien quiere rebañar el plato de las fiestas, pero lo hace tosca, groseramente, sin las bulas convencionales que el verano otorga para las exaltaciones místico etílicas. Ahora tenemos que enfrentarnos un poco más crudamente todavía a quiénes somos, cómo vivimos, con quién vivimos, por qué... no, el por qué no nos lo preguntamos, no sea que... bueno, ya nos lo dirán los que están ahí para eso, para algo tenemos brujos en la tribu, curas en los templos, psicólogos en las oficinas y curanderos en la tele. Vuelve el otoño, algunos chispazos de ilusión, libros nuevos, otra prueba de que soy un año más viejo, otro kilómetro más en mi alejamiento de la infancia; otra ilusión, ropa diferente, o no, no todos podemos, pero el cambio de estación siempre trae alguna ilusión por lo nuevo. Lástima que tantas veces lo nuevo no lo es más que un momento. Nada nuevo bajo el sol, decía aquél. Pero últimamente hay un nuevo síntoma de llegada del otoño: los coleccionables. Yo recuerdo los coleccionables que se anunciaban en mi adolescencia. Básicamente para aprender idiomas, bricolaje, hacerse con una biblioteca de fundamentales de laliteratura, la historia o el cine, pero es que ahora es tan diferente. España va bien, va tan bien que no sabemos qué hacer con los excedentes, visto lo de la Bolsa, y tenemos que matar el tiempo, tirar el dinero, aparentar posición y delatar esnobismo con una colección de los huevos del zar, cajitas de plata, cajitas coloniales, manuales de adivinación, miniaturas de coches clásicos, miniaturas de camiones clásicos, miniaturas de bicicletas clásicas, miniaturas de casitas, miniasturas de recuerdos de lo que la generación anterior codiciaba y nosotros ahora sobamos casi con hastío. Pero hay indicios que apuntan hacia algo peor, algo que amenaza con hacerse habitual del otoño: llegan las nuevas ediciones de los productos televisivos que aportaron audiencia en años anteriores. Vuelve Gran Hermano, podrida llaga que habla de nuestra sociedad con mucha más elocuencia que cuarenta catedráticos de sociología, psicología, antropología, y españavabienología juntos. Vuelven las galas, calcadas, de presentación de programaciones , calcadas también. Será verdad que nada hay nuevo bajo el sol de los creativos de la tele, o es que la masa es tan dócil que saben que no necesitan estrujarse mucho la sesera.. Algo inevitable para este otoño era la reedición de Operación Triunfo. En otra ocasión hablaremos del concepto de éxito, su ilusión y su realidad; los modelos y los contextos a que se asocia, pero ahora quisiera extraer alguna lección de la edición pasada. Más de media España estuvo hace unos meses pendiente de Operación Triunfo. Sería un desperdicio no intentar sacar alguna buena lección de ese fenómeno. A mí me ha enseñado un par de cosas. La primera, en la que no voy a profundizar, es que todos tenemos un puntito marujón que nos hace engancharnos a cosas como esas. Normalmente se apela al morbo, a la competitividad, a la ambición o a las pasiones más bajas para que un programa tenga éxito. Aquí me parece que era el ingrediente de "sueño hecho realidad con esfuerzo y medios" el que despertaba la simpatía de casi todos. En segundo lugar, triunfa no sólo el que está más dispuesto a trabajar o a sacrificarse, sino también el que no tiene problema en renunciar a su estilo o personalidad. Así es, los que iban con unas características bien marcadas en cuanto a lo que sabían, querían y pretendían, iban cayendo aunque tuvieran más calidad que otros. Los que han llegado más lejos en el concurso han sido los que han renunciado a su estilo o personalidad en el modo de actuar, es decir los que, aparte del indudable talento, han estado dispuestos a dejarse moldear por los expertos (tanto del arte como del marketing). A mí esto me da un poco de rabia, porque es claudicar ante la realidad de que lo que importa al final es el producto comercial, el llegar a más público, y no el ser coherente con la idea que uno tiene de lo que es ese arte. Pero también me hace pensar que en nuestra particular academia de la vida, la escuela de la cruz, hemos de estar dispuestos a ponernos en manos del Maestro, del Supremo Alfarero, con el alivio de que sus intereses no se parecen nada a los de la tele. Él quiere cambiarnos, no para sacar un producto alienado al mercado, sino para limpiarnos de todo lo que nos estropea la vida y poner en nosotros el mejor arte, la mejor expresión posible: su imagen. A lo mejor está muy bien querer aferrarme en aras de mi coherencia personal a que soy estilo U2 o estilo Camarón, pero cuando me doy cuenta de lo que es el estilo Jesús, todo eso es basura. Lo mejor de nuestro caso es que no pasamos por un proceso selectivo en el sentido discriminatorio, sino por un proceso de eliminación de manchas, defectos, imperfecciones, de la vida de Adán. Es decir, morir al viejo hombre y vestirnos del nuevo para esa gala, que empieza aquí, en la que nos unimos a la creación y a los millones que forman el cuerpo de Cristo para, con nuestras vidas y nuestras voces, entonar todos la misma canción, que seguro que dice algo así como "Gloria a Dios; al que está sentado en el trono sea la gloria..." ¿ya la estás tarareando?
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